domingo, 26 de octubre de 2008

La derrota del América y el Estadio Azteca.





Como diría mi padre: "ahora sí nos rompieron toda nuestra mandarina en gajos". Bueno, pues ni hablar, el mundo sigue. Hoy jugaron las Chivas rayadas del Guadalajara contra las Águilas del América ante un lleno total en el Estadio Azteca. Las Chivas ganaron el partido por marcador 2-1 y sus seguidores disfrutaron las mieles del triunfo doblemente, pues no sólo ganaron sino que dejaron al América -su más odiado rival- con nulas posibilidades de entrar a la Liguilla (bah, da igual, al próximo torneo nos recuperamos).



Bueno y ni qué decir sobre la felicidad de aquellos que apostaron con algún americanista y que ahora se regodean con la victoria (un claro ejemplo es Bernal, quien ganó la cabellera de Edgar y conservó la suya, jaja). En mi caso, apenas terminó el encuentro mi papá me envió un mensaje por el celular diciendo con su tipico tono burlón para este tipo de ocasiones "¡ja! déjame disfrutar este momento magnífico, y luego te digo a dónde quiero ir a comer". Pues sí, ni qué hacer, aposté una comida y perdí.





Pero bueno, el caso es que mientras veía el partido y observaba el lleno en las tribunas, no pude evitar recordar las veces que he ido al Estadio Azteca. No han sido muchas, a lo más unas cinco, sin embargo, en tres ocasiones fui a ver al América jugar la final (2002, contra Necaxa; 2005 contra Tecos y 2007, contra Pachuca). El partido contra Tecos vaya que fue toda una fiesta: el América ganó 6-3, el "Cuau" anotó su gol y se coronó así con el equipo de sus amores. Y bueno, la final contra Pachuca en el 2007 no fue la mejor, es cierto, por algo perdimos, sin embargo, recuerdo que había muy buen ambiente en las tribunas.


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(Antes de que comience la final contra el Pachuca, la afición aplaude a san Temo)


No sé cómo explicarlo, he estado en mítines políticos y en marchas ciudadanas donde hay cien mil personas o más, pero un lleno en el Azteca es algo completamente diferente. Si ya de por sí el futbol puede ser un espectáculo apasionante de tan sólo verlo, vivirlo junto a más de cien mil almas es algo increíble.


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(Sin ánimos de herir suceptibilidades, ¿a poco no es divertidísimo escuchar los gritos horrorizados de las mujeres en cada jugada de peligro? Vaya que ellas también se lo toman con pasión)


Cuando hay un estadio lleno, más allá de lo que sucede en el campo de juego, se crea una magia muy particular. Cuando miles de voces corean al unísono el nombre de un jugador, cuando se entonan los cantos para apoyar al equipo en cuestión, cuando toda la gente salta al mismo tiempo al caer un gol, cuando el portero del equipo rival hace un despeje y se escucha "ahhhhhh... uuutoooo", son momentos francamente indescriptibles, por más exagerado y cursi que suene.
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(Se dice que este tradicional grito nació en la barra de los Pumas, pero ahora se ha vuelto todo un clásico en cada partido)

Es la verdad. Uno se transforma contagiado de los gritos de los otros. Te dan ganas de brincar si tu equipo anota un gol. Por el contrario, si va perdiendo se te mueven las piernas de nervios cada vez que el arbitro observa su reloj. No sé cómo explicarlo. Tienes que estar ahí para entenderlo en toda su magnitud.

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(Y finalmente, el gol de Cuauhtémoc Blanco. Lástima, no alcanzó para ganar la final en aquella ocasión)

¡Vamos al Azteca, uó, uó, uoooo. Quiero vacaciones, uó, uó, uoooo!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mi estimado Jordy:

con sorpresa leo que le vas al América, cómo crees?? No cabe duda que algún defecto tenías que tener, caray...jaja...bueno, pues uno que es de sangre azul y piel dorada desde la cuna tampoco tiene muchos motivos futboleros por los cuales sonreír en estos días, así que mejor ni le sigo, un abrazo

MeL