lunes, 22 de septiembre de 2008

La palabra como totalidad. Primera Parte.

Desde hace poco más de un mes he redescubierto el valor de las palabras. Ha sido un proceso sorprendente aunque curioso y triste, por decir lo menos, y de pronto pareciera que todo a mí alrededor gira sólo en torno a ellas. Desde pequeño crecí disfrutando las palabras. Ya fuera en forma de cuentos que me contaba mi madre o historias de mi familia que escuchaba con atención y sorpresa; o ya fuera leyendo libros de mitología griega, novelas románticas, libros de la segunda Guerra Mundial u obras clásicas de teatro; o escuchando los discursos de los políticos y viendo los debates presidenciales desde 1994; o aprendiendo de memoria poemas para jugar a que me enamoraba y que sufría como los grandes, las palabras siempre han sido excelentes amigas y compañeras. Comencé a jugar con ellas desde que tenía siete años escribiendo cuentos que se han perdido por aquí y por allá. A los ocho años, durante una etapa de mucha fe –y absoluta inocencia-, consideré hacerme sacerdote para transmitir la “Palabra de Dios”. Luego, en la escuela secundaria, pensé que quería llegar a ser presidente de México y así fue que empecé a imaginar discursos que tuvieran las palabras que yo pensaba que la gente debería escuchar. En esa misma época aprendí a sufrir y a llorar como grande gracias a los poemas de Manuel Acuña, Gustavo Adolfo Becquer, Paul Geraldy, Rafael de León y muchos más. En la preparatoria, las palabras cobraron aún mayor relevancia. Ya no era sólo jugar con ellas, ahora tenían un impacto y una responsabilidad mayor en mi vida. Los discursos no fueron ya sólo imaginados sino que comencé a pronunciarlos. “Educación, Capacidad y Transcendencia” fue el primero que dije en un salón de la preparatoria, acompañado por amigos y conocidos con los que formaría la planilla QUORUM y que después ganaría las elecciones escolares. Al finalizar el discurso llovieron los aplausos. “Las palabras, mis palabras significaron algo” me dije emocionado. Cosas extrañas de la vida, el mismo día que dije aquel discurso, conocí que la literatura dramática no se hizo para leerse, sino para actuarse, verse, escucharse y vivirse. Una llama de fuego, un río caudaloso, una tierra apacible y un viento divino, me lo enseñaron. “La Política también es Teatro” pensaba constantemente. Pasó el tiempo y una de las épocas más felices de mi vida llegó acompañada de versos, pláticas, poemas y besos que prometían amor eterno. Pero el destino sabe equilibrar las cosas y nos pone pruebas cuando uno menos lo espera. Durante la noche más larga de mi vida, la desesperanza, la desolación y la tristeza fueron poco a poco desplazadas por el amor, la confianza y la amistad. Las palabras –acompañadas de acciones que les daban un absoluto significado- salvaron vidas. Pero el lenguaje no siempre es amoroso y las promesas de amor se opacan después de discusiones absurdas. Aprendí entonces que la confusión del alma es algo que nos puede matar en vida. Las palabras se volvieron entonces extrañas, confusas, contradictorias, innecesarias y, en ocasiones, falsas. Cometí quizá uno de los errores más grandes de mi vida –no lo sabré nunca- cuando pensé que el pasado sería también mi futuro y me negué a olvidarlo. Me refugié en las palabras de antes e intenté sin éxito revivir lo que ya no existía. Caminaba entre niebla y amaba fantasmas que no dejaba descansar en paz. Nuevamente la vida me sorprendió. Una charla amena y franca se convirtió en el prólogo de una historia de muchos colores. No servirá de mucho, pero habrá que decirlo: nunca escondí lo que sentía, sin embargo mis palabras se volvieron más cautas, incluso amargas. La razón quizá es obvia: después de un periodo de confusión y dudas me di cuenta que podía ofrecer un amor reposado y algunas certezas, pero no más promesas y juramentos sin fundamento. “Conóceme y dime después si en verdad me amas” dije en algún momento. Fueron las mías palabras frías como el hielo pero no menos sinceras. No quería enamorarme de espejismos, ni de llamas de fuego. Recordé entonces que el hombre se rige en sociedad por ciertas leyes que él mismo se ha dado y que abarcan casi todos los aspectos de su vida: familiar, mercantil, electoral, ambiental, etcétera, pero los corazones siguen reglas inexistentes. Todo puede suceder. Poco a poco el afecto se convirtió en convicción y los sueños en algo real. De manera gradual el amor tibio se convirtió en un cariño inimaginable, un agradecimiento perenne, un deseo verdadero y una amistad, al parecer, genuina. El tiempo transcurrió y una a una fueron superándose las pruebas que la vida nos ponía. Pero la distancia cobró sus cuentas. La lejanía y los silencios dieron pie a ciertas acciones –libres aunque descuidadas-, y éstas motivaron discusiones e irreflexiones que causaron heridas que hasta el día de hoy no han sanado. Hay que decir que de entre los dolores y las lágrimas apareció un aprendizaje importante que ahora valoro mucho: si bien sigo creyendo que “no siempre es momento para luchar”, confieso que estaba demasiado seguro de lo que tenía. Fue pura arrogancia y las circunstancias me pusieron en mi lugar. Las palabras de un doctor de gesto adusto me lo hicieron aún más evidente. Lección primera: No tenemos nada seguro, nada, ni la salud, ni a las personas. Hay derrotas que no avisan. Lección segunda: para reconquistar lo perdido se necesita siempre un esfuerzo redoblado. Frente a los ataques de hipertensión, medicinas y ejercicio. Ante las explosiones de irritación, reflexión y entendimiento. Pensaba que alguna vez había sido yo el irreflexivo y el indispuesto y que en esas ocasiones había encontrado calma y paciencia. Era, hasta cierto punto, algo justo. Fue así que la ingenuidad se acercó y me habló al oído y pensé que al volver todo sería mejor. Sin embargo, fueron las mentiras y las contradicciones finales las que acabaron con todo. La primera vez que escuché “se me agotó la paciencia” pensé que era un enojo infundado que no causaría mayor estrago. La segunda vez me causó dolor e incertidumbre. La tercera vez que me la dijeron fue con una intención tan clara y con tanto énfasis que no me quedo más que aceptarla como real. “Ojala no te arrepientas”, escribí. Y tal parece que el arrepentimiento llegó. No busco ser juez de lo sucedido, sólo intento explicar mis decisiones, dolores, pensamientos, acciones y –por qué no- quizá también mis nuevas alegrías. Hace poco comencé una plática de esta manera: La acción esencial del ser humano es la acción comunicativa. “Los hombres se comunican y hablan entre ellos” es una frase que no necesita probarse. Sin embargo, para que la “acción comunicativa” se desarrolle es necesario darle significado a nuestro lenguaje, si no sólo escucharíamos sonidos sin sentido o leeríamos signos que no podríamos interpretar. Una vez que las palabras nos significan algo, por lo general confiamos en que el mensaje del otro es verdadero. Siempre habrá dudas y suspicacias, claro, pero sería inútil y absurdo hablar con los demás pensando a priori que nos están mintiendo en todo momento. La gran mayoría de las veces si mi madre me platica que fue al supermercado, le creo. Repito: para comunicarnos se requiere confianza entre el remitente y el destinatario del mensaje. Cuando hay contradicciones entre lo que se dice y lo que se observa, surge una desconfianza entendible. Si un profesor me asegura que la economía estadounidense está en perfectas condiciones, su mensaje me resulta difícil o imposible de creer. Si alguien me dice que quiere estar conmigo pero está con otra persona, al final del día comienzo a dudar de sus palabras. Si bien es cierto que muchas ocasiones a las palabras se las lleva el viento y que una acción puede tener tanto o más significado que todo un discurso, en los temas que consideramos importantes no deberíamos hablar por hablar ni actuar sin pensar, pues lo que decimos y lo que callamos, lo que hacemos y lo que no hacemos producen consecuencias concretas. Un abogado nunca saldrá bien librado si acepta ante el jurado “ah, lo siento, les mentí en ciertas cosas fundamentales, callé otras tantas, presenté evidencia falsa, inventé excusas, pronuncié discursos irreflexivos y me comporté de manera irracional en algunos momentos, pero puedo justificarlo”. Su caso estaría perdido. No puedo escribir más por el momento. Creo que soy una persona afortunada. Mi vida sentimental se ha repartido entre fracasos estrepitosos y experiencias indescriptiblemente hermosas; entre tristezas enormes e historias de amor inenarrables. Puedo sonreír, además, porque una amistad que estuvo por momentos a punto de romperse se ha vuelto más fuerte y estrecha. Viva Chihuahua. Las cosas entre México y Europa se han vuelto más complicadas, es cierto, pero también más interesantes. Las palabras, nuevamente, desempeñaron y desempeñan el papel fundamental. En los momentos de calma, las pláticas que me permitieron conocer el mundo a través de otros ojos. En los momentos de indecisión, palabras dichas con seguridad cambiaron mi vida. En los momentos de tensión, un poema salvó la noche. En los momentos de incertidumbre, una broma fue suficiente para encontrar la verdad. En mis momentos de tristeza ante esta salud efímera, una frase de empatía. En mis momentos de miedo frente a la evidente fragilidad de este cuerpo, una voz que me dice Te quiero. Mi circunstancia actual es extraña, lo sé, pero es lo que tengo y la acepto convencido. No pretendo sonar trágico, pero sea lo que sea que tenga que pasar, no quiero morir sin haber nadado en el Algar. Espero que Lucía, por ahora inexistente, sepa quién soy y cuánto la quiero. Quiero volver al lugar hallado. Mi más grande ilusión se encuentra cerca del León Dormido.

2 comentarios:

Pablo dijo...

Hay un Lupito D'alessio región 2?

Jordy dijo...

El León Dormido es un cerro que se encuentra al lado de Polop, pequeño pueblo de la Comunidad Valenciana, en España. Ah qué Chamaco...