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miércoles, 26 de mayo de 2010

Reacción

Arauco tiene una pena, dice Violeta Parra, y mientras repito el título de esa vieja canción de lucha no dejo de pensar que bien podría decir que yo también tengo una pena, una pena profunda que me lastima y que me duele como hace tiempo nada me dolía, pero luego recapacito y ya no digo nada, pues es claro que mis dolores y sobresaltos no parten de injusticias sociales o desencantos económicos, sino que provienen de lo más mezquino del alma humana: el despecho. Arauco tiene una pena, la frase se traba en mi mente como una tuerca que no permite el libre avance de las cosas; Arauco, Arauco tiene una pena y yo también. Las canciones nunca han sido mi fuerte, menos si son de protesta, pero ha sido gracias a ellas que he podido mantenerme cuerdo este último mes. Lo he pensado y sopesado una y otra vez, el despecho, mi despecho, este que siento y cargo aún en contra de mi voluntad tiene la capacidad de transformarse en una fuerza motora imparable, una razón para no cejar ni un ápice en mis proyectos, aunque también puede ser la excusa ideal para desentenderme del mundo y apostar a la única certeza que mal que bien todos conocemos: la muerte. Como se ve, la distancia que hay entre un orgullo herido, la desidia y la locura tampoco es tan amplia. Por eso debo hablar. Hablarte. Llego a tu casa, toco el timbre y sales. Llevas ropa nueva, unas botas negras y una blusa morada que no conozco pero que hacen contraste perfecto con tus ojos verdes, ésos que hacía más de un mes que no miraba. En breves segundos se define el clima de la situación: las convenciones de enamorados, ésas que siempre dábamos por hecho, ahora se resquebrajan. Frente a la incertidumbre del saludo, las manos que no se tocan, los labios que no se besan, la cintura que no se abraza, no hacemos otra cosa sino alzar un brazo a manera de hola. Silencio. Con un rostro que quiere ser amable y una voz modulada y serena me cuentas que justo estás por salir con tus amigos, que te encantaría hacerme pasar y platicar tranquilamente de todo esto que ha pasado, pero que es imposible ahora. Haces un gesto como animándome a decir algo, aunque la verdad no logro interpretarlo del todo. Te miro, por primera vez, directamente a los ojos y en mi mente sólo resuena el estribillo de la canción de Parra, esa chilena que todo lo compuso y que nadie comprendió. Arauco tiene una pena / que no la puedo callar. Suspiro y muevo la cabeza bruscamente a los lados, como negándome a creer que eso, una invitación trunca, es lo único que queda de aquella vieja historia, la de la extranjera, la del acento extraño, la del amor inconmensurable. Delante de mí está una persona que no es ella, la de mis recuerdos, y sin embargo eres más tú que nunca. Noto que la gente que camina por la calle va más lento que de costumbre, como si todos anticiparan que algo está por suceder ante sus ojos y tuvieran un deseo repentino de quedarse ahí de pie. Venga, será su día de suerte. De la mochila que siempre llevo saco unas hojas enrolladas, un sombrero que termina en punta y una pequeña corneta de juguete. Con manos temblorosas me pongo el sombrero, desenrollo las hojas (que intentan parecer un edicto medieval), y toco el instrumento musical que traigo conmigo. Te veo de reojo y entiendo que hay curiosidad en tu rostro. Quizá es morbo. Cómo no serlo si tienes ante ti la más absurda caricatura de un pregonero real en plena vía pública. Mis labios tiemblan y la voz no sale. Y cuando la sensación de ridículo está a punto de vencerme, comienzo: "Los pueblos y las gentes que en ellos viven tienen la innata capacidad de reconstruir lo que no ha sido exitoso. Punto. En ocasiones más vale demoler desde los cimientos, aunque en otras es posible mantener una estructura mínima y avanzar con nuevos trazos. Punto. Hace un año, en el día de San Alberto de Lovaina, noviembre 24, una extranjera llegó al reino, llenando de alegría las fiestas y bailes de la corte. Punto. Con ella muchos proyectos fueron concebidos aunque pocos terminados. Punto. Es de la más alta importancia reconocer, aquí y ahora, que las máquinas voladoras que traía consigo sufrieron desperfectos varios. Punto. No obstante, los deseos de volar permanecen. Punto final."

Reconoces la historia. Los ojos se cierran un momento con ganas de recordar ese primer encuentro. Se abren. Arauco tiene una pena / yo tengo una también. El despecho llegó a esta tierra / el orgullo vino con él. / Nadie le ha puesto remedio / pudiéndolo remediar.

Dudas un segundo y luego resuelves. Tomas tu teléfono celular, mandas un mensaje a un destinatario que no conozco, carraspeas un poco y sonriendo dices: "Entra".

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El silencio ha matado más hombres que el fusil.

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No fue sólo el trasfondo, sino el descuido en las formas lo que motivó el malparido enojo.


martes, 17 de noviembre de 2009

Otra ficción que no llegaré a escribir.

Me gustan las ficciones porque dentro de ellas no hay responsabilidad directa con la realidad. Todo puede suceder sin necesidad de estarse preocupando por la exactitud histórica, la documentación perfecta, el dato duro, la certeza incuestionable. Uno puede jugar con los finales, desaparecer lo innecesario, expandir la bondad de un personaje hasta límites insospechados o desarrollar una maldad absoluta e impresentable. Las licencias son más grandes que cuando se escriben otros géneros: he ahí una obviedad estúpida pero (como diría el Rufián) incontrovertible. No abundaré más en esto, ustedes me entienden.

El caso es que mis ficciones tienden a la nada. Son estáticas. No se desarrollan. He aquí un buen ejemplo de ello:

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Al caer, el libro mostró un detalle hasta antes imperceptible: dos pequeñas hojas tamaño carta, dobladas por la mitad, estaban dentro, como prisioneras mudas y sabias a la espera de ser liberadas. Ella, al ver las hojas, sintió un ligero escalofrío, muchos de sus propios temores quedaron al descubierto en ese instante: ¿era legítimo leer aquello que no fue escrito para nuestros ojos?, ¿lo haría de nuevo? Las preguntas, pero sobre todo, los dolores se abultaban: ¿es acaso lo que en verdad quería encontrar?, ¿ahora?, ¿no son el silencio y el olvido los mejores compañeros en este viaje? Sin saberlo, pero sobre todo, sin pedirlo, ella estaba frente a las palabras que tiempo después serían motivo de besos y suspiros, peleas y discusiones, risas, encantos, engaños y decepciones. Primero decidió mirar de reojo, con la naturalidad de quien recoge aquello que se ha caído. A primera vista todo estaba escrito a mano: mala caligrafía e ideas atrabancadas, exactamente la prisa de quien ha atrapado una idea luego de una larga noche de insomnio. A pesar de las múltiples tachaduras, borrones y acotaciones, el texto era legible. No había señales de nerviosismo en su rostro. Respiró tranquilamente y comenzó a leer en voz baja.

"Con seguridad, dentro de unos años, el recuerdo de este fin de semana será el de uno intrascendente, fatuo y carente de sentido. Será el recuento de tres días innecesarios, aderezado con dos o tres anécdotas lo suficientemente absurdas como para olvidarlas de inmediato. Hoy, sin embargo, escribo esperando encontrar un sentido más o menos lógico, más o menos trascendente, más o menos digno, a este momento preciso de vida. La empresa, de entrada, ya es fallida, pues no descubrirá ningún pensamiento oculto, ni desenterrará viejas ideas dormidas; al contrario: será tan sólo el intento, medio desesperado, de forzar un significado que vaya más allá del capricho inane, la rabieta insulsa y el enamoramiento fugaz y ambivalente. ¿A quién miento? Escribo sin propósitos claros ni definidos, dejo sólo constancia de las paradojas e ironías que uno mismo se construye.


Hablar, expresar, contar aquello que por meses se había mantenido a resguardo produce una sensación inequívoca de inseguridad. Las palabras -que antes habían sido demasiado prudentes, tanto que rayaban incluso en la cobardía más vil- ayer dejaron de ser completamente mías. ¿Por qué salieron? ¿Fue acaso una necesidad imperiosa de descargar un peso mental y anímico para repartirlo entre amigos y conocidos? ¿Fue una forma para compartir las tristezas y las melancolías? ¿Fue un grito de ayuda, una petición de engaño, una exigencia, una excusa?

La respuesta, como siempre sucede en estos casos, es obvia: no sé por qué lo hice.
No sé por qué quise hablar y narrar una historia que no tiene inicio y que, por lo mismo, es inexistente. No sé por qué razón esperé, como un desamparado espera cobijo, las palabras de aliento que nunca llegaron. No sé, ni siquiera, por qué escribo esto. Pero algo me queda claro, no me arrepiento.

La conclusión de esta imbécil pero recurrente paradoja -el no tener nada y, sin embargo, sufrir por ello-, también es relativamente sencilla. "La gente tiende a complicarse la vida inventando sentimientos donde (objetivamente) no tendría que haberlos, magnificando aquello que no lo vale e intentando encontrar respuestas que nunca son satisfactorias del todo: así es el ser humano".

Al llegar a este punto, el texto hacía notar una premura mucho mayor. Ella, al igual que el escrito, había mutado la serenidad inicial en impaciencia, así lo delataba el temblor de sus manos.

Hablar y luego callarse. Confiar y desentenderse. Sentir y luego negarlo. Todos ocultaremos el fracaso y sonreiremos con el engaño impuesto en nuestros rostros porque así TIENE QUE SER.

Entiendo más de lo que aparento ahora mismo. Me regodeo en la confusión y en el marasmo, pero a lo lejos -para qué negarlo- las cosas siempre han estado bastante claras. No hay, no han habido, ni habrán intentos inadecuados, frases incómodas, situaciones inmerecidas. Es lo más sensato. Es, quizá, lo único posible.

Ella no es el pretexto, pero sí la razón..."

El texto abruptamente terminaba de esta manera. A pesar de las dudas iniciales, ella entendió todo... y guardó silencio. Así tenía que ser, por lo menos hasta que el entendimiento fuera de miradas y suspiros, ya no de palabras.

viernes, 3 de octubre de 2008

Quizá, tal vez...

Quizá el amor obstinado nunca logre resarcir los días perdidos, sin embargo, nuevos vientos vendrán y alegrarán tu corazón. Quizá la tristeza profunda nunca pueda cambiar lágrimas por besos, sin embargo, otros rostros se acercarán a tu oído y te dirán con suspiros lo que no supiste demostrar con actos. Encontrarás en el silencio más amigos y una mirada te dirá "te amo". Quizá la rabia impotente no te lleve hoy a ningún lugar, pero mañana habrás aprendido que la vida es más que sólo juego y que el amor mucho más que sólo letras. Así pues, te digo lo que ya sabes: es la incomprensión, y no la soledad, lo que más hondo hiere al alma. Quizá algún día abrás los ojos y comprendas que incluso la locura necesita seriedad.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Cosas varias en las que alguna vez estuve pensando cuando en mayo todo era un absoluto caos en mi vida

El silencio y sus razones.
Las pláticas y los acuerdos entre China y Taiwan.
Los poemas de Neruda, Paz, Acuña, Geraldy, De León, etc. que me acompañan desde la secundaria.
Los mareos que no se van y la hipertensión.
La resolución de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos sobre los presos en Guantánamo.
El arrendamiento financiero o leasing.
El recibimiento de Calderón en España.
El discurso de Hillary Clinton aceptando el triunfo de Barak Obama en la contienda por la nominación demócrata.
Literatura dramática.
El pronunciamento de Chávez sobre las FARC.
El valor nulo y absoluto de nuestras palabras.
Ciertos comentarios desinformados sobre el cableado submarino.
La importancia de la imaginación política para cambiar un país.
La Batalla de Berlín entre alemanes y soviéticos en 1945.
La tribu perdida entre Perú y Brasil.
La batalla entre América Movil y Telefónica por el mercado de la Telefonía en América Latina, Europa, y el sur de los Estados Unidos.
La impresionante deuda pública de Berlín.
Las bicicletas sin pedales en Alemania.
El origen de la esvástica.
Mi curso de "History, Memory and Politics in Berlin".
Algunas ideas sobre el levantamiento del EZLN en 1994 y muchas dudas sobre las matanzas de Aguas Blancas y Acteal.
El debate petrolero en general y la polémica entre Arnaldo Córdova yMiguel Carbonell.
El papel de Gustavo Adolfo II de Suecia y su intervención en la guerra de los Treinta Años 1618-1648.
El funcionamiento de los Caracoles en Chiapas y su semejanza con alguna teoría política previa.
Las guerras de religión y su componente político en todas las épocas.
La primera ley de Newton.
La resolución del TEPJF sobre Alternativa Socialdemócrata y la guerra entre Patricia Mercado y Alberto Begné.
El financiamiento de los grupos guerrilleros.
El papel de los familiares de las víctimas de la violencia estatal en el proceso democratizador en América Latina.
La espoza de Mozart.
Lo desagradable de la degradación humana ante la búsqueda de poder y la certeza de que el hombre no cambiará.
La intempestiva destitución de Santiago Creel como coordinador de los panistas en el Senado.
El diseño de las banderas de Islandia, Noruega, Dinamarca, Suecia y Finlandia.
La nueva propuesta de Marcelo Ebrard de crear una "Venecia chilanga"en la Zona Rosa.
El Balcón.
La incertidumbre absoluta de mi futuro.

¿Y a dónde regresar si no te has ido? Mejor no preguntes si es tu sombra la oscuridad que te persigue.

lunes, 22 de septiembre de 2008

La palabra como totalidad. Primera Parte.

Desde hace poco más de un mes he redescubierto el valor de las palabras. Ha sido un proceso sorprendente aunque curioso y triste, por decir lo menos, y de pronto pareciera que todo a mí alrededor gira sólo en torno a ellas. Desde pequeño crecí disfrutando las palabras. Ya fuera en forma de cuentos que me contaba mi madre o historias de mi familia que escuchaba con atención y sorpresa; o ya fuera leyendo libros de mitología griega, novelas románticas, libros de la segunda Guerra Mundial u obras clásicas de teatro; o escuchando los discursos de los políticos y viendo los debates presidenciales desde 1994; o aprendiendo de memoria poemas para jugar a que me enamoraba y que sufría como los grandes, las palabras siempre han sido excelentes amigas y compañeras. Comencé a jugar con ellas desde que tenía siete años escribiendo cuentos que se han perdido por aquí y por allá. A los ocho años, durante una etapa de mucha fe –y absoluta inocencia-, consideré hacerme sacerdote para transmitir la “Palabra de Dios”. Luego, en la escuela secundaria, pensé que quería llegar a ser presidente de México y así fue que empecé a imaginar discursos que tuvieran las palabras que yo pensaba que la gente debería escuchar. En esa misma época aprendí a sufrir y a llorar como grande gracias a los poemas de Manuel Acuña, Gustavo Adolfo Becquer, Paul Geraldy, Rafael de León y muchos más. En la preparatoria, las palabras cobraron aún mayor relevancia. Ya no era sólo jugar con ellas, ahora tenían un impacto y una responsabilidad mayor en mi vida. Los discursos no fueron ya sólo imaginados sino que comencé a pronunciarlos. “Educación, Capacidad y Transcendencia” fue el primero que dije en un salón de la preparatoria, acompañado por amigos y conocidos con los que formaría la planilla QUORUM y que después ganaría las elecciones escolares. Al finalizar el discurso llovieron los aplausos. “Las palabras, mis palabras significaron algo” me dije emocionado. Cosas extrañas de la vida, el mismo día que dije aquel discurso, conocí que la literatura dramática no se hizo para leerse, sino para actuarse, verse, escucharse y vivirse. Una llama de fuego, un río caudaloso, una tierra apacible y un viento divino, me lo enseñaron. “La Política también es Teatro” pensaba constantemente. Pasó el tiempo y una de las épocas más felices de mi vida llegó acompañada de versos, pláticas, poemas y besos que prometían amor eterno. Pero el destino sabe equilibrar las cosas y nos pone pruebas cuando uno menos lo espera. Durante la noche más larga de mi vida, la desesperanza, la desolación y la tristeza fueron poco a poco desplazadas por el amor, la confianza y la amistad. Las palabras –acompañadas de acciones que les daban un absoluto significado- salvaron vidas. Pero el lenguaje no siempre es amoroso y las promesas de amor se opacan después de discusiones absurdas. Aprendí entonces que la confusión del alma es algo que nos puede matar en vida. Las palabras se volvieron entonces extrañas, confusas, contradictorias, innecesarias y, en ocasiones, falsas. Cometí quizá uno de los errores más grandes de mi vida –no lo sabré nunca- cuando pensé que el pasado sería también mi futuro y me negué a olvidarlo. Me refugié en las palabras de antes e intenté sin éxito revivir lo que ya no existía. Caminaba entre niebla y amaba fantasmas que no dejaba descansar en paz. Nuevamente la vida me sorprendió. Una charla amena y franca se convirtió en el prólogo de una historia de muchos colores. No servirá de mucho, pero habrá que decirlo: nunca escondí lo que sentía, sin embargo mis palabras se volvieron más cautas, incluso amargas. La razón quizá es obvia: después de un periodo de confusión y dudas me di cuenta que podía ofrecer un amor reposado y algunas certezas, pero no más promesas y juramentos sin fundamento. “Conóceme y dime después si en verdad me amas” dije en algún momento. Fueron las mías palabras frías como el hielo pero no menos sinceras. No quería enamorarme de espejismos, ni de llamas de fuego. Recordé entonces que el hombre se rige en sociedad por ciertas leyes que él mismo se ha dado y que abarcan casi todos los aspectos de su vida: familiar, mercantil, electoral, ambiental, etcétera, pero los corazones siguen reglas inexistentes. Todo puede suceder. Poco a poco el afecto se convirtió en convicción y los sueños en algo real. De manera gradual el amor tibio se convirtió en un cariño inimaginable, un agradecimiento perenne, un deseo verdadero y una amistad, al parecer, genuina. El tiempo transcurrió y una a una fueron superándose las pruebas que la vida nos ponía. Pero la distancia cobró sus cuentas. La lejanía y los silencios dieron pie a ciertas acciones –libres aunque descuidadas-, y éstas motivaron discusiones e irreflexiones que causaron heridas que hasta el día de hoy no han sanado. Hay que decir que de entre los dolores y las lágrimas apareció un aprendizaje importante que ahora valoro mucho: si bien sigo creyendo que “no siempre es momento para luchar”, confieso que estaba demasiado seguro de lo que tenía. Fue pura arrogancia y las circunstancias me pusieron en mi lugar. Las palabras de un doctor de gesto adusto me lo hicieron aún más evidente. Lección primera: No tenemos nada seguro, nada, ni la salud, ni a las personas. Hay derrotas que no avisan. Lección segunda: para reconquistar lo perdido se necesita siempre un esfuerzo redoblado. Frente a los ataques de hipertensión, medicinas y ejercicio. Ante las explosiones de irritación, reflexión y entendimiento. Pensaba que alguna vez había sido yo el irreflexivo y el indispuesto y que en esas ocasiones había encontrado calma y paciencia. Era, hasta cierto punto, algo justo. Fue así que la ingenuidad se acercó y me habló al oído y pensé que al volver todo sería mejor. Sin embargo, fueron las mentiras y las contradicciones finales las que acabaron con todo. La primera vez que escuché “se me agotó la paciencia” pensé que era un enojo infundado que no causaría mayor estrago. La segunda vez me causó dolor e incertidumbre. La tercera vez que me la dijeron fue con una intención tan clara y con tanto énfasis que no me quedo más que aceptarla como real. “Ojala no te arrepientas”, escribí. Y tal parece que el arrepentimiento llegó. No busco ser juez de lo sucedido, sólo intento explicar mis decisiones, dolores, pensamientos, acciones y –por qué no- quizá también mis nuevas alegrías. Hace poco comencé una plática de esta manera: La acción esencial del ser humano es la acción comunicativa. “Los hombres se comunican y hablan entre ellos” es una frase que no necesita probarse. Sin embargo, para que la “acción comunicativa” se desarrolle es necesario darle significado a nuestro lenguaje, si no sólo escucharíamos sonidos sin sentido o leeríamos signos que no podríamos interpretar. Una vez que las palabras nos significan algo, por lo general confiamos en que el mensaje del otro es verdadero. Siempre habrá dudas y suspicacias, claro, pero sería inútil y absurdo hablar con los demás pensando a priori que nos están mintiendo en todo momento. La gran mayoría de las veces si mi madre me platica que fue al supermercado, le creo. Repito: para comunicarnos se requiere confianza entre el remitente y el destinatario del mensaje. Cuando hay contradicciones entre lo que se dice y lo que se observa, surge una desconfianza entendible. Si un profesor me asegura que la economía estadounidense está en perfectas condiciones, su mensaje me resulta difícil o imposible de creer. Si alguien me dice que quiere estar conmigo pero está con otra persona, al final del día comienzo a dudar de sus palabras. Si bien es cierto que muchas ocasiones a las palabras se las lleva el viento y que una acción puede tener tanto o más significado que todo un discurso, en los temas que consideramos importantes no deberíamos hablar por hablar ni actuar sin pensar, pues lo que decimos y lo que callamos, lo que hacemos y lo que no hacemos producen consecuencias concretas. Un abogado nunca saldrá bien librado si acepta ante el jurado “ah, lo siento, les mentí en ciertas cosas fundamentales, callé otras tantas, presenté evidencia falsa, inventé excusas, pronuncié discursos irreflexivos y me comporté de manera irracional en algunos momentos, pero puedo justificarlo”. Su caso estaría perdido. No puedo escribir más por el momento. Creo que soy una persona afortunada. Mi vida sentimental se ha repartido entre fracasos estrepitosos y experiencias indescriptiblemente hermosas; entre tristezas enormes e historias de amor inenarrables. Puedo sonreír, además, porque una amistad que estuvo por momentos a punto de romperse se ha vuelto más fuerte y estrecha. Viva Chihuahua. Las cosas entre México y Europa se han vuelto más complicadas, es cierto, pero también más interesantes. Las palabras, nuevamente, desempeñaron y desempeñan el papel fundamental. En los momentos de calma, las pláticas que me permitieron conocer el mundo a través de otros ojos. En los momentos de indecisión, palabras dichas con seguridad cambiaron mi vida. En los momentos de tensión, un poema salvó la noche. En los momentos de incertidumbre, una broma fue suficiente para encontrar la verdad. En mis momentos de tristeza ante esta salud efímera, una frase de empatía. En mis momentos de miedo frente a la evidente fragilidad de este cuerpo, una voz que me dice Te quiero. Mi circunstancia actual es extraña, lo sé, pero es lo que tengo y la acepto convencido. No pretendo sonar trágico, pero sea lo que sea que tenga que pasar, no quiero morir sin haber nadado en el Algar. Espero que Lucía, por ahora inexistente, sepa quién soy y cuánto la quiero. Quiero volver al lugar hallado. Mi más grande ilusión se encuentra cerca del León Dormido.

domingo, 25 de mayo de 2008

Gracias. Manuel Acuña.

"...yo, niña, he comprendido que no hay queja


como la queja que respuesta no halla,


que no hay pesar como el pesar oculto,


que no hay dolor como el dolor que calla,


y que triste el llorar, agobia menos


la calcinante lágrima que rueda,


cuando una mano cariñosa enjuga


la que temblando en las pestañas queda.


¡ Sí, niña! Desde ahora


ya al sufrimiento no seré cobarde,


ni me hará estremecer aterradora


la llegada tristísima de esa hora


que empieza en las tinieblas de la tarde..."

martes, 20 de mayo de 2008

Sobre la (ir)racionalidad de ciertas tristezas...

Luis:


... y fue entonces que me di cuenta que todo era sólo cuestión de perspectiva. No era, de ninguna manera, un dolor que me paralizara, pero tampoco era -definitivamente- tan pequeño como para no darle importancia.

... y fue así que cerré los ojos y me vi en la imposibilidad de gritar, a pesar de que lentamente mi cuerpo, pero sobre todo mi cabeza, lanzaban injustos improperios contra todo un pasado, todo un presente y todo un futuro.

...y fue así, de pronto, que sentí un asco y unas nauseas que me acercaron a la inconsciencia y a la irracionalidad sin límites.

No dormí, por lo tanto no sé si ya habré despertado.

En la distancia las sensaciones se hacen extremas, algo recordarás de esto. Un día de felicidad vale como un mes entero de sonrisas, y una noche de desdicha puede parecer la entrada al mismo infierno.

... y fue entonces que me perdí en los recuerdos, los buenos y los malos, y me extravié en la memoria, con una sensación de no volver.

Volví súbitamente, con una idea y muchas preguntas, pero no con la suficiente fuerza de espíritu para encararlas.

... y fue así que decidí agradecer, de manera genuina, el cariño y la entrega, el conocimiento y la paciencia, el amor y la ternura.

Pero, tú que me conoces lo debes de saber bien, el torrente de sensaciones era tal que terminó por desbordarse.

... y fue así, de pronto, que volvieron los mareos provocados por las palabras que develaron misterios. "Cinismo" "Hipocresía" eran palabras que se marcaban como con acero hirviendo en mi cabeza.

No he podido llorar, a pesar de que lo he intentado. No ha llegado la necesaria calma. Ayer, por la noche, y como si de un niño se tratara, me revolvía entre las sábanas, pidiendo a cualquier ser extraterreno que quisiera escuchar mis súplicas la suficiente inteligencia para no terminar "solo, triste y arrepentido" el último día de mi vida.

... y fue entonces que pensé en llamarte, pensé en llamarla, pensé en llamar incluso a mi madre, con un ansia reprimida de buscar consuelo y palabras de cariño.

... y fue así que después de la tercera noche de relativo insomnio, me decidí por esperar. "Quizá me llegue un correo, una respuesta, quizá pueda sentir que le importa mi tristeza." -pensé, ilusamente pensé.

... y fue así, de pronto, que me di cuenta que el sufrimiento es justamente de las sensaciones que menos aceptamos compartir. Siempre será mucho más fácil compartir la felicidad, la risa, los triunfos, el orgullo, etcétera. Incluso la tristeza y el desaliento se comparten más a menudo, pero sólo en pequeñas porciones.

... y fue así, por primera vez, que me di plena cuenta de lo lejos que estoy de casa. No había sido plenamente consciente de ello ni siquiera cuando -hace ya un mes- una enfermera me decía en alemán "Heben Sie Ihre Arme ... atmen ... entkleiden Sie Ihren Körper" y yo levantaba los brazos, me desvestía y sentía el frío de los nódulos que me conectaban en el cuerpo; ni siquiera cuando le compraba a una señora turca las medicinas que tendré que tomar todas las mañanas durante el resto de mi vida; ni siquiera cuando un doctor entrometido me hacía una valoración médica y me decía con voz engolada y como si fuera necesario asustarme más "¿Usted fuma mucho? Seamos francos. Tome en cuenta que hipertensión a su edad no es normal. Le acaba de quitar un 10-30% a su expectativa normal de vida"


Me doy cuenta de lo lejos que estoy de casa, justamente cuando no puedo platicar de este dolor y de esta tristeza con nadie. Me doy cuenta de lo lejos que estoy de casa cuando quisiera abrir la boca y exteriorizar lo que siento, lo que pienso y lo que creo, pero lo único que encuentro a mi alrededor son personas fantásticas y agradables, pero que no quisieran ver su felicidad interrumpida con mis problemas. Me doy cuenta de lo lejos que estoy de casa cuando veo que mis conflictos con gente que quiero tendrán que morir y pudrirse por sí solos, pues no existe la posibilidad de ahogarlos juntos en la próxima borrachera, en el próximo brindis, en el próximo baile, en el próximo abrazo, en el próximo beso. Me doy cuenta de lo lejos que estoy de mis amigos cuando aparecen anécdotas que no entiendo y se develan misterios que ya todos conocían pero que yo no imaginaba. Me doy cuenta de lo lejos que estoy de casa cuando mi única manera de saber de alguien es por un hi5 que me habla de manera impersonal sobre la tranquilidad, la diversión y la bondad de la vida, pero que no me dice nada sobre la tristeza, el dolor y el sufrimiento. Y es entonces que me pregunto: ¿podré platicarlo contigo, Luis? No sé si te interese saberlo (disculpa, no es reproche aunque así suene) pero en verdad estoy muy triste. Muy triste. Fue un fin de semana para olvidar. Las nauseas continuaron hasta el día de hoy.



¿Pero por qué tanta tristeza moleque?- me gustaría pensar que me preguntas.

Pues tristeza...así nomás... tristeza simple... sencilla... profunda. Me duele mucho el corazón de pronto. Me duele un pasado que no termina, un presente que no cuaja y un futuro que se vislumbra extraño. El viernes sentí que se me instalaba en el pecho un dolor de muchos años, un dolor guardado, guardado; una tristeza añeja, antigua, pero también muy actual.


Una tristeza que me ahoga por saberme un mal amigo en la mayoría de las ocasiones, un mal novio, un mal compañero. Me pregunto si en verdad todo esto es mi culpa. La respuesta, al parecer es obvia y terminante: sí. Sí es mi culpa, sí es mi culpa. Siempre termino por desaprovechar las mejores oportunidades, y al final la cosecha está perdida. Peor aún si le aumentamos la distancia. Peor al darme cuenta que fueron sólo mis actitudes y mis silencios los que terminaron por desembocar en este dolor que asfixia.

En estos momentos me gustaría pensar que estoy en el sillón azul reclinable de tu cuarto y que se mueve gracias a los movimientos de mis pies y que te platico de todo esto de manera tranquila y pausada. Me gustaría pensar que estás por ahí escuchando, como siempre con atención, mis historias, mis alegrías y mis tristezas, llevándote de vez en vez la mano izquierda a la boca para decir de manera intempestiva "nooooo" "uff, qué fuerte" "sssssss" o alguna expresión en portugués "nossa Senhora!", francés "ohhh putaan!" o italiano "porco Dio!"que relajaría el ambiente de cierta melancolía.

Soñar e imaginar. Platicar sobre política, sobre el "Chuchinero", sobre el debate petrólero, sobre las brigadas, sobre Calderón, sobre Hugo Chávez, sobre McCain y Obama y Clinton.


Revivir anécdotas "Hola Luis... te traje esto... toma... dónde está tu amigo Jordy?", así como crear las nuevas. Escuchar algunos comentarios sobre tus nuevas visiones humanísticas, sobre los Caracoles, sobre Dussel, sobre lo que sea. Hablar de Corral y sus aciertos, sus tropiezos y sus silencios. Escuchar sobre las películas de tu papá, la de la guerrilla, "Muelle Rojo", etcétera, o cantar una que otra de las canciones de tu mamá "Porque en nuestro camino... una y griega formó... la y griega se fue abriendo... tu mano me soltóooo". Reír y cantar en el Platina "Somos loucos", "Música ligera", "Ay amor... qué hacer con este amor... no sé quién soy... me mata este dolor..."

Tú con Gabriela.


Karun, su cigarrillo y su guitarra.


(Qué curioso, la foto la encontré después de escribir la frase, no al revés)


Lástima. Puros sueños. Todo, absolutamente todo termina por irse.

Se van las lágrimas, se van los años, se van los amores, se van los hijos (jaja), se van los recuerdos... ¿Qué permanece Luis? Es cierto, es cierto, ¿Qué diría Heráclito en este caso? "Todo cambia y hay que aceptar esos cambios."? ¿Qué diría Schopenhauer en este caso? "Voluntad, eso es todo lo que importa"? Qué diría Nietzsche, qué diría Heidegger, qué Kierkegaard? Bah, no me importa tanto.

Me gustaría saber, en específico, si TÚ crees que aún en la distancia la amistad se conserva. La amistad, que supuestamente difiere del amor por la libertad y la confianza mutua que encierra. "Constancia y confianza" me dijiste una vez, hace ya algunos años cuando me contabas sobre ciertas situaciones chistosas referidas a nuestra nueva Santa Lorena de Teotihuacán. "Constancia y confianza" parecíamos decir cada semana "-Qué onda, ¿dónde andas? -Voy llegando a mi casa. -Yo voy saliendo del Colmex. ¿No hay bronca si paso un rato? -No, claro, pasa y vamos por unos Manolo y unas chelitas." "Constanza... perdón... Constancia y Confianza". Y las más de las veces, Jordy y Luis platicando en la sala sobre todo y nada hasta altas horas de la noche sin necesidad de bebidas embriagantes. Jordy diciendo "Chale... es tardísimo, pasado mañana tengo una exposición... ¡y no he cenado!" Luis diciendo "Pues vamos a ver qué preparó la Mamma". Jordy asaltando en despoblado tu refrigerador. Luis saliendo a la puerta a despedirme. Jordy haciendo adiós con la mano antes de acelerar. Ah, carajo, no quiero sonar cursi ni ridículo, pero cómo me hace falta un buen brindis con usté pinche compadre.



Desde aquí, créame, no sólo le dejo mis palabras de confusión y tristeza. También le mando mis mejores saludos. Hágalos extensivos a su digna señora Gabrielucha. ¡Salud por ustedes! Aunque ahora que lo pienso más detenidamente, se merecen mucho más que estos "brindis vulgares". Ya les llegará algo.

Por increíble que parezca regresó el frío a Berlín, no es metáfora. Sin embargo, hay un poco de sol. Varios cientos de hojas en inglés esperan ávidas a ser leídas. El alemán, ¡oh hermoso y complicado alemán! me reta con ojos guerreros. La lucha será ardua... lo sé... pero algún día lo dominaré...

Hoy fui, acompañado de mi soledad... (perdón, pero me acordé de este poema que escribí en 5to de prepa): "

Su nombre es propio de belleza inerte

Se relaciona con mis amigas de siempre

Augusta Melancolía y Triste Ansiedad

He aquí el nombre de mi novia: Soledad.

Te decía que hoy fui a la Philharmonie de Berlín, pues cada martes dan conciertos gratis. Pues cuál va siendo la sorpresa de todos los ahí reunidos cuando de pronto nos dicen de manera exageradamente tranquila que "debido a una falla técnica tenemos que salir del lugar inmediatamente". Todos caminando en calma, nadie sabe qué sucede. Llegan bomberos, cientos de bomberos. Y al final... humo... mucho humo. ¡Se incendió el edificio! Para que veas las fotos del periódico: http://www.berlinonline.de/berliner-zeitung/berlin/100887/index.php

Meu Deus... Poha, Poha... estou fodido!

Un abrazo, pues...

Dos abrazos... tres... los que sean.

Te aprecio mucho Luis, disculpa que te atosigue y te fatigue con estos mis "problemas".
Desde la Reuterstrasse y mientras escucho como dos niños turcos se quejan en alemán de que su hermana les acaba de meter un gol de fantasía...





Auf Wiedersehen!

Jordy


domingo, 18 de mayo de 2008

Si no te quisiera como te quiero, no me dolerías como me dueles.

DESPEDIDA

(Paul Geraldy)

*Poema que me acompaña desde segundo de secundaria.

Conque entonces, adiós. ¿No olvidas nada?

Bueno, vete... Podemos despedirnos.

¿Ya no tenemos nada qué decirnos?

Te dejo, puedes irte... Aunque no, espera,

espera todavía

que pare de llover... Espera un rato.

Y sobre todo, ve bien abrigada,

pues ya sabes el frío que hace allí afuera.

Un abrigo de invierno es lo que habría

que ponerte... ¿De modo qué te he devuelto todo?

¿No tengo tuyo nada?

¿Has tomado tus cartas, tu retrato?

Y bien, mírame ahora, amiga mía;

pues que en fin, ya va uno a despedirse.

¡Vaya! No hay que afligirse;

¡vamos!, ¡no hay que llorar, qué tontería!

¡Y qué esfuerzo tan grande

necesitan hacer nuestras cabezas,

para poder imaginar y vernos

otra vez los amantes

aquellos tan rendidos y tan tiernos

que habíamos sido antes!

Nos habíamos las vidas entregado

para siempre, uno al otro, eternamente,

y he aquí que ahora nos las devolvemos,

y tú vas a dejarme y yo voy a dejarte,

y pronto partiremos

cada quien con su nombre, por su lado...

Recomenzar... vagar...

vivir en otra parte...

Por supuesto, al principio sufriremos.

Pero luego vendrá piadoso olvido,

único amigo fiel que nos perdona;

y habrá otra vez en que tú y yo tornaremos

a ser como hemos sido,

entre todas las otras, dos personas.

Así es que vas a entrar a mi pasado.

Y he de verte en la calle desde lejos,

sin cruzar, para hablarte, a la otra acera,

y nos alejaremos distraídos

y pasarás ligera

con trajes para mí desconocidos.

Y estaremos sin vernos largos meses,

y olvidaré el sabor de tus caricias,

y mis amigos te darán noticias

de "aquel amigo tuyo".

Y yo a mi vez, con ansia reprimida

por el mal fingido orgullo,

preguntaré por la que fue mi estrella

y al referirme a ti, que eres mi vida,

a ti, que eras mi fuerza y mi dulzura,

diré: ¿cómo va aquella?

Nuestro gran corazón, ¡qué pequeño era!

Nuestros muchos propósitos, ¡qué pocos!;

y sin embargo, estábamos tan locos

al principio, en aquella primavera.

¿Te acuerdas? ¡La apoteosis! ¡El encanto!

¡Nos amábamos tanto!

¿Y esto era aquel amor? ¡Quién lo creyera!

De modo que nosotros -aún nosotros-,

cuando de amor hablamos

¿somos como los otros?

He aquí el valor que damos

a la frase de amor que nos conmueve.

¡Qué desgracia, Dios mío que seamos

lo mismo que son todos! ¡Cómo llueve!




jueves, 14 de febrero de 2008

Tan sólo un ejercicio de imaginación. 14 personajes, 14 estilos de redactar una carta.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Mary

He regresado de nuevo al mismo lugar dónde todo comenzó: los suburbios de Londres. Los jardines, los parques, los pájaros cantando, los ríos fluyendo, los hombres enamorándose de las jóvenes recién graduadas. Ellos y ellas se abrazan. Los pájaros cantan. Necesito, me doy cuenta ahora, de su ayuda para este nuevo desafío. Sé que los Smtih la despidieron. Y es entonces cuándo cabe preguntarse: ¿por qué lo hicieron? Los vientos soplan sobre mi espalda, me doy cuenta repentinamente que difícilmente el Everest crecerá un milímetro más de lo que ya mide, mastico entonces mis uñas más de la cuenta, el vendedor del diario vespertino me guiña un ojo y el nuevo capitán de la estación me hace señas obscenas. Usted y yo lo sabemos: ellos están contra nosotros. Es famosa su mente para encontrar culpables. Aquí los necesitamos. ¿Sabe usted que en las últimas dos semanas murieron dos personas junto al palacio de Buckingham y que la policía no ha encontrado ningún culpable? No sé usted, pero a mi me atemoriza de sobremanera tan sólo pensar que Ámsterdam es una ciudad que se inundaría por completo en tan sólo tres minutos si su sistema de diques se rompiera. Hace tres días, aunque cueste trabajo creerlo, redujeron mi rango. Ahora hay un nuevo capitán en la estación. Pero él sabe. Sabe lo que usted y yo sabemos: que los Smith esconden un cadáver en el cuarto del aseo y que por eso la despidieron, para que usted no los delatara. Pero que lo sepa y no diga nada convierte al nuevo capitán en cómplice y si lo acusamos y la policía lo arresta yo volveré a ser capitán de bomberos y podré apagar mis fuegos que tanto me gustan. No me lo diga ahora, espero su respuesta. Sabe dónde encontrarme.

El bombero

María


Bienaventurada tú que gozas de la estima de tu Señor. Llena eres de gracia. Los milagros existen y pronto darás a luz aunque no hayas conocido varón. Tendrás que emprender un penoso viaje. Sufrirás por lo que no puedes entender. Te dolerás por la muerte del hijo del Hombre. ¡Anda, avísale a tu esposo y márchate! Él, al principio no lo entenderá, pero José es bueno y no deberá repudiarte. En el trayecto que debes comenzar esta noche quien te de de comer alimentará al mundo. Quien te de posada hospedará al cordero de Dios. Llegarán pastores a glorificar a tu hijo y reyes de lejanos reinos a venerar a tu vástago. Recíbelos a todos. Nada debe detenerte. Inyéctate antibióticos si es necesario, pero representa el papel que te tocó desempeñar. Ahora retírate en paz. Osana en las alturas.

Arcángel Gabriel

Estimada Doris Levine

No se bien a bien cómo comenzar esta carta. Por un lado, me apena de sobremanera abordarla así, tan a quemarropa, sin antes haber hablado algo siquiera con usted. Por otro, debo confesarme: usted me cautivó desde el primer momento en que la vi. Seré sincero, al principio mi mente no podía entender cómo una criatura tan tierna y frágil podía estar retando a la muchedumbre para ver si existía uno, tan sólo uno que se atreviera a hacerle el amor ahí mismo. No puedo ocultarlo y ya usted debe saberlo: mi mano se levantó automáticamente, venciendo prejuicios y temores, y me llevó un par de segundos reconocer que era mi voz quien gritaba “¡Yo, yo!”. Sin embargo, usted se transformó en una liberta y a partir de ahí ya no pude seguirla más. El argumento de su historia, que usted contaba sin tapujos, se volvió caótico, burdo y hasta cierto punto ecuestre, pero debo reconocer que siempre conservó su espíritu ameno y divertido. Y al final, Dios. Como si de una cruel tragedia se tratara, el conflicto se resolvió cuando Dios decidió que nada se resolvería. El aparente Deus ex machina cobro vida de la forma más absurda y el resultado fue usted corriendo despavorida. Como correlato a su historia, le entrego este amor que me aprisiona. Si usted se liberó de su pasado y venció su futuro gritando “¿Hay alguien que pueda hacerme el amor?”, yo espero que usted pueda rescatarme de esta prisión. Le haré el amor. Lo haré por usted. Usted sirva los tragos esta ocasión.

Espectador

Salve ¡oh Teodora!

Inclino mi cabeza ante la majestad de tu estampa y glorifico la firmeza de tus siempre sabias acciones. Esta noche ofrendaré veinte bueyes para que nuestro dios sea benigno y me permitan el pronto retorno. Las campañas contra los ostrogodos y los visigodos se hacen cada vez más complejas y el clima dificulta nuestro avance. Sin embargo, confiamos todos, soldados y generales, en que la aparición de Marte en el cielo es un buen augurio y que se nos otorgará el triunfo final. Mis obligaciones me han alejado de ti, mi querida Teodora, pero aún mantengo fresco el recuerdo de cuándo te conocí por primera vez en aquel bazar de Constantinopla. Tú actuabas y seducías, yo te miraba fijamente. Fue entonces que decreté la ley que permite a los romanos hacer matrimonios entre distintas clases sociales, y lo hice sólo para tenerte a mi lado. La construcción de la Catedral de Santa Sofía, que todos piensan que es un tributo a la sabia Minerva, es en realidad la obra que quiero culminar para ti. Que sea un regalo inmortal que traspase años y siglos, y que la gente hable por milenios de cómo un emperador romano se enamoró de una humilde ejecutante de comedias y tragedias griegas. Los Idus de marzo se acercan. Pido a Dios, a Júpiter, a Zeus, a Abraxas, a Shiva, a todos los dioses que conozco por tu recuperación.

Flavius Petrus Sabbatius Iustinianus

Tu Justiniano

Marcelita


Hace mucho que no nos escribimos mijita. Aquí en la casa se extraña tu alegría. Tu hermano decidió, después de mucho pensarlo, irse a la ciudad a estudiar. Quesque ahora sí va a ser alguien de provecho. Tu madre sigue vendiendo en el mercado de los domingos las pañoletas que ustedes antes hacían juntas. Aquí tu padre le sigue sacando jugo y aceite a las frutas y a las plantas. Las exprimo hasta que sale la última gota, como una vez se lo platiqué a tu esposo. El hijo de Melitón se mudó del pueblo. Se casó con una muchacha latosa y fea, pero con mucho billullo, mija. Qué bueno que no te casastes con el Melitón ni con el Melitonsito, eran recanijos ese par de hombrecillos. Escríbenos pronto Marcelita y ya dinos si piensan encargar chamaco pronto, que tu madre y yo ya estamos en edad de ser abuelos.

Te extraña

Silvestre, tu mero padre

Amada Tisbe

El temblor de mis manos apenas me permite escribir y el sudor de mi frente me dificulta la visión, pero sé que la debilidad de mi cuerpo no es tal, pues son los dioses los que me han flechado de amor por ti. No puedo soportarlo más. Mis padres han consultado a los oráculos y les han dicho que debo alejarme de ti, que de persistir con nuestro amor sólo obtendremos lágrimas, sangre y muerte. Mis padres han tomado la determinación de prohibirme todo contacto contigo. Saben de mi ánimo resuelto a tomarte como esposa, de mi promesa de huir contigo si es necesario. No puedo salir al pueblo más. Mi madre me vigilia sin descanso. Sin la ayuda de los dioses, pronto se descubrirá nuestro secreto, pronto sellarán la pequeña grieta entre nuestras casas y ya no podré tocar más tus níveos dedos. He pensado una decisión que ahora te comparto: volemos juntos mi amada Tisbe, abandonemos nuestro hogar y construyamos uno propio. El tiempo apremia. Las festividades se acercan. Huyamos esta noche. Te espero en la morera que está junto a la fuente. Lleva un velo blanco para que nadie descubra tu bella cara. Mañana, a esta hora, estaremos juntos para siempre. Ya lo verás.

Píramo

Ema querida

Estoy desolado. Apenas ayer me enteré que Judith piensa dejarme y se llevará a los niños. Su relación con el doctor del que te había hablado es real. Y ahora siento culpa. Nunca existe una única traición. Una, la primera, encierra a todas las demás. Y nosotros fuimos los primeros. No puedo evitar pensar que muchas ocasiones, mientras tú y yo dormíamos abrazados, Judith permanecía en casa y me esperaba despierta sólo para desearme buenas noches. No puedo sacar de mi cabeza las imágenes del bautismo de tu hijo y la alegría de Robert al ponerlo en mis brazos para que lo conociera. Siento que voy perdiendo el aliento. En el trabajo todo marcha lento. Comienzo a perder el buen ojo y ya no consigo nuevos talentos tan pronto. Robert y yo hacíamos un buen equipo, aunque él siempre prefería la prosa menos estridente. He visto a Robert la semana pasada. Su insistencia por hablar conmigo fue tal que me vi obligado a acompañarlo a comer un jueves por la tarde. El muy simpático me obligó a jugar squash después con él. En ocasiones ya no soporto su “amistad”. Preferiría que me golpeara, que me insultara, que me dirigiera algún reproche por lo que hice, por lo que me atreví a hacer frente a sus narices por años. Pero no. Robert siempre ha sido un perfecto “inglés” en todo el sentido de la palabra. Con tono irónico, sin exaltarse, sin perder la compostura, me repite que el sistema de correos de Venecia es terrible. Y tengo que escucharlo una, dos, tres veces, siempre con las mismas palabras. No me atrevo a callarlo ni a interrumpirlo. Quizá es lo único que ahora merezco. Me voy a Estados Unidos dentro de cinco días. Esta vez es para siempre. Quisiera verte.

Jerry

Concha

¡Ay, que bello es estar de nuevo en la ciudad mi Concha querida!

Fueron dos meses de vacaciones de lujo, regresé a mi casa y ahí mis padres super buena onda me tenían una sorpresota: me compraron dos discos, uno de Bob Dylan y otro de The Who. La verdad no me encantan, pero es un buen inicio ¿no crees? para que les vaya gustando poco a poco esto del Rock & Roll.

Uno de mis vecinos odia mi música y cada vez que pongo el tocadiscos él comienza a tocar su acordeón. ¿Te acuerdas que lo mismo hacían algunos en la residencia? Estoy ansiosa de regresar a clases y reencontrarme contigo. Besos.


P.D. ¿Vamos a ver la nueva película de Marlon Brando?


Te quiere,

Ifigenia

Querida Vengadora

En primer lugar, quiero decirle que soy una de sus más grandes admiradoras y leo su columna cada semana en la revista La Dolce Vendetta. Empiezo sin tapujos: soy una mujer apocada que sufre constantemente los maltratos de los hombres. Sin saber si el problema radica en mi naturaleza maternal, reconozco que me comienza a causar conflicto el que cada hombre que va apareciendo en mi vida, después de consentirlo y atenderlo con toda la ternura de la que soy capaz, se esfume sin dejar rastro. En ocasiones pienso que mi amor incondicional les da la seguridad que necesitan momentáneamente para salir adelante. Y yo soy feliz, no lo niego, al pensar que ellos no sólo me engañan y que no sólo pretenden sacar ventaja de mi pobre condición de mujer débil y sumisa. Sin embargo, después de varios años me comienzo a cansar. Desconozco las razones que los hombres puedan tener para tratarme así. Por eso le escribo, para preguntarle si es posible amar a los hombres sin recibir amor a cambio. ¿Cómo concilio mi necesidad imperiosa de cuidarlos sin rebajarme a ser una sirvienta a las órdenes de sus necesidades?, ¿De dónde obtengo la fuerza para salir adelante yo misma?, ¿Cómo puedo ser como usted?

Atte. Sumisa Apocada.

Doña Clarita

El juez 18º de lo familiar me informa que su boda deberá de cancelarse nuevamente hasta que el derecho positivo vigente en materia civil no permita establecer un contrato de matrimonio con objetos inanimados tales como troncos de árboles y/o fotos de antiguos amantes. El padre Noe también manda avisar que Don Canuto ha faltado diecisiete veces a las pláticas premaritales que la iglesia exige para llevar a cabo la ceremonia nupcial, por lo que Don Canuto tampoco podrá casarse con usted. Sírvase de pasar a recoger su vestido de novia en la lavandería de lunes a viernes de 10:00 AM a 13:00 PM. Se le informa, además, que sus familiares decidieron reducirle las salidas fuera del asilo a una por mes. Saludos cordiales.

La Administración.

Refugio La Guadalupana.