sábado, 12 de febrero de 2011

Reflexiones para un día nublado

Egipto. La instantánea de la historia.

Aceptemos como válida la siguiente frase: "en sistemas dinámicos, cualquier acción puede desencadenar resultados indeterminados". Sí, teoría del caos.

Luego hagamos la metáfora correspondiente: las sociedades como sistemas dinámicos, en los que un evento X puede desencadenar consecuencias de dimensiones nunca previstas. Ahora vayamos a Egipto.

Después de dos semanas de protestas ininterrumpidas, los egipcios lograron que Hosni Mubarak, el presidente que gobernó los destinos del país árabe por más de tres décadas, dejara el poder. Agobiado por presiones contradictorias desde todos los flancos, Estados Unidos, Argelia, Yemen, Arabia Saudita, Consejo de las Fuerzas Armadas de Egipto, el "pueblo", la opinión mediática internacional, etc., Mubarak -seguramente sin desearlo- construyó su ironía final, por la que será recordada su dimisión: escapó a hurtadillas menos de 24 horas después de decirle al mundo que no renunciaría.

Al conocer la noticia, miles de personas salieron a las plazas de El Cairo, Alejandría, Suez a celebrar, y millones de no-egipcios se llenaron de júbilo y alegría por un país que remotamente conocen, endiosados por una instantánea de la historia que les tocó vivir, animados por una situación que es más compleja de lo que parece, víctimas del show mediático y la sensiblería que situaciones así producen a menudo. Hollywood con acento árabe.

Porque sí, aceptémoslo, estamos ansiosos de historias así: el pueblo bueno contra el dictador malo. Si se va el dictador, el pueblo bueno será feliz. La ecuación es tan sencilla que todo mundo la entiende y puede opinar al respecto. Lo que geográfica y conceptualmente es una situación lejana y compleja, se vuelve cercana e inteligible. Y entonces sí: opiniones inmediatas, al calor del momento, porque el escándalo se acaba y no hay que dejarlo pasar.

El tema, además, puede simplificarse a una lucha entre absolutos (Bien vs. Mal), donde no hay lugar para mayores reflexiones ni análisis, y pareciera que lo único deseable es que gane el Bien, sea como sea, cuanto antes mejor.

Pero lo cierto es que la realidad siempre es más compleja y una renuncia no significa mucho en términos relativos o absolutos y eso es algo que, a mi parecer, en México tendemos a olvidar con relativa frecuencia. Pensamos que descartada la persona-símbolo que concentra nuestros odios más viscerales, las cosas deben marchar bien automáticamente. Lo pensamos en el 2000, cuando se fue el PRI de la presidencia, muchos lo desean desde 2006 con Calderón (o AMLO, Elba Esther Gordillo, Peña Nieto, Ebrard, o quien usted quiera), pero seguimos sin darnos cuenta que no es tan sencillo. Por eso el caudal de opiniones de mexicanos vociferando: "¡Fuera, Mubarak!", y por eso los miles de deseos de mexicanos distraídos "Si los egipcios lo lograron, nosotros también podemos".

Regresando a Egipto. La renuncia de Mubarak no significa la eliminación de la pobreza, la corrupción y la falta de oportunidades. ¿Alguien puso atención a las demandas de los egipcios, más allá de la renuncia? ¿Sí? Los médicos, burócratas y transportistas, más una buena parte de los sectores clasemedieros, se unieron a las protestas no por el tiempo que llevaba Mubarak en el poder, ni para clamar por la democracia, sino simple y llanamente porque querían que les elevaran sus salarios, que su calidad de vida aumentara significativamente.

Se fue Mubarak, e independientemente de quien llegue será imposible cumplir esas exigencias económicas en el corto plazo. Y entonces ojo con la verdadera revolución: el cambió mental que estas protestas operaron en las conciencias de los egipcios. De ser una sociedad mayormente apática y apolítica, es posible que de ahora en adelante se interesen mucho más en los asuntos de la vida pública, con una mirada crítica y desafiante. Para bien o para mal, también puede darse el caso que a cada exigencia no cumplida se intente castigar al responsable con la presión callejera, desembocando en más caos y presión para la exhausta economía egipcia. Ya el tiempo dirá.

Otra evidencia de la incertidumbre: uno de los grupos más visibles que pedían la renuncia de Mubarak resultó ser la Hermanada Musulmana, grupo islamista radical que asesinó de forma espectacular a Anwar Al-Sadat, presidente que firmó el Tratado de Paz entre Egipto e Israel. ¿Las principales críticas de la Hermandad Musulmana? ¿Qué Mubarak era corrupto, que llevaba mucho en el poder? No, por supuesto que no. Que era aliado de occidente y había llevado al país a perder sus valores musulmanes. Cabría suponer, entonces, que la Hermandad Musulmana tendrá mayor protagonismo en la esfera política en los próximos meses y años. Al menos que dejarán de ser considerados un grupo ilegal. Y eso ya es un paso enorme. Si bien es cierto que la Hermandad Musulmana ya no es tan purista y dogmática como lo fue en los sesentas y setentas, siempre cabe la posibilidad de que un integrista islámico pretenda catapultarse desde esta nueva posición de fuerza.

Termino, con una mención para aquellos mexicanos que se preguntan "si Egipto pudo, ¿por qué nosotros no?". Frases sencillas: porque los egipcios decidieron salir a las calles, no mandar mensajitos valientes y arrojados desde sus computadoras en casa, no discutiendo ¿cómo le hacemos?, sino actuando llevados por el fulgor del momento que costó más de 300 vidas (¿aquí están dispuestos a arriesgarla para que salga Calderón?), motivados por una ira irracional que se centró en una frase que logró aglutinar todas las demás exigencias: "Fuera Muabarak", misma que no garantiza, en términos reales, cambios significativos para las personas de carne y hueso que salieron a protestar.


2 comentarios:

Ana dijo...

Pareciera que los días nublados clarifican la visión...
Esperemos que el rumbo que Egipto tome ahora sea decisión de ellos y no presiones entre oriente y occidente.
México está muy lejos de responsabilizarse por su futuro como lo hicieron los egipcios... tristemente...

El Rufián Melancólico dijo...

Yo por eso no leo novelas egipcias, soy incapaz de reconocer las aristas finas del contexto y me quedo con emociones elementales hollywoodenses como la alegría colectiva, la apropación del espacio desde los mismos usuarios de él y no desde las doctrinas urbanísticas-antropológicas de la ciudadanía, el sentimiento irracional de la justicia emanada de un "pueblo" comunicado y fortalecido por su autoidentificación y autorreconocimiento, el alborozo de una acción compartida que vincula y da una sensación ilusoria de unidad.De pronto se me olvida que los gobiernos los hacen los gobernantes y sus proyectos, que las colectividades deberían ser pacientes y aguardar sin grandes aspavientos a que los otros les marquen la guía de sus acciones.
Ni modo, soy elemental.