domingo, 5 de septiembre de 2010

El "movimiento coordinado"

A todos les ha pasado: el post que saben que TIENEN que escribir pero que no sale, que se niega a ser puesto en caracteres y palabras. En este caso, creo que la razón es obvia: más allá de la falta de tiempo, escribir sobre un tema o proyecto que puede ser tomado a burla, juego, pendejada, que lo mismo puede generar apoyos idealistas que ofensas hirientes es mentalmente complicado. Sí, en ocasiones da un poco de miedo, vergüenza, qué sé yo, eso de "exponerse" en la palestra pública con un tema "serio" cuando el espíritu de los tiempos virtuales está dominado por la trivialidad, el trolleo y la crítica ad hominem.

Pero no podía esperar más. El día simbólico del "levantamiento" ha pasado (23 de agosto) y en el fondo sé que quiero dar una breve explicación a aquellas nueve personas con las que me reuní casi cada sábado durante más de tres meses y los casi 60 amigos, conocidos y desconocidos con los que platiqué, que me recibieron y me dieron sus opiniones. De paso, contarles a los que no pude contactar, a los que no conocía en ese momento, o que aún no conozco, de qué se trataba este proyecto y, así, reflexionar por qué creo que no funcionó, qué nos faltó. Pienso que este escrito será una forma de recordar(me) que los desalientos son más comunes de lo que quisiéramos, las derrotas una variable constante en la vida, pero que no por eso uno deja de creer, o al menos no debería dejar de creer, en que lograr "cambiar algo" (para bien) es posible. Como la extensión de este escrito es un poco larga, decidí dividirlo en varias secciones. La idea. Las entrevistas. El equipo. El plan. Los obstáculos. Vayamos pues.

1. La idea.

Sonará estúpido, pero así fue: el 7 de enero de 2010, en la madrugada, leía las memorias de Lawrence de Arabia. Al hablar sobre los turcos-otomanos [que habían sojuzgado a los distintos pueblos árabes por siglos], Lawrence decía:

“los líderes turcos enseñaron a los árabes que los intereses sectarios eran más importantes que los patrióticos, que los pequeños intereses eran superiores a los de interés nacional”.


[Oh, sí, las tribulaciones de Lawrence son muy aleccionadoras]

Al leer tal frase no pude sino pensar en México. En toda su historia de descalabros y desfalcos, de traiciones, de héroes que se vuelven villanos, de políticos que olvidaron o nunca buscaron el “interés nacional” y de líderes sociales que sucumbieron ante el poder, la autocomplacencia o el egoísmo. Sentí una vergüenza muy grande.

El pensamiento era más o menos obvio: en México, nuestros dirigentes nos han enseñado, con sus actos, que los intereses de grupo, las afrentas y los egos personales son más importantes que la búsqueda de los puntos en común, las coincidencias fundamentales que podrían ayudar a trazar un camino compartido a mediano y largo plazo, benéfico para el país en su conjunto.

Pero no todo puede ser culpa de las élites políticas. Si bien los actos políticos se vuelven ejemplo y costumbre, la sociedad, la ciudadanía, nosotros, tampoco hemos hecho mucho para cambiar las cosas. Estamos más acostumbrados a vociferar, exigir renuncias, repartir mentadas de madre, que a promover, plantear, forzar acuerdos entre todos esos distintos actores que, en teoría, trabajan para nosotros y para el bienestar de México.

Quizá, por qué no, era hora de cambiar de paradigmas mentales. En vez de echarle la culpa del atraso del país al otro, entender sus planteamientos. En vez de debatir ad nauseam quién tiene las mejores propuestas y remarcar las diferencias, encontrar el espacio para sacar adelante aquellos puntos en común. ¿Qué pasaría si desde la sociedad, en vez de exigir que UN dirigente, UN partido, UN político renunciara, promoviéramos que MUCHOS cedan en sus particulares áreas de influencia, en ejes bien delimitados, pensando en el bien del país, su recuperación económica, etc.? Y entendiendo que de hacerlo no lo harían por bondad o benevolencia, sino por un claro razonamiento político: el país está de la chingada y si seguimos así no llegaremos absolutamente a ningún lado.

Aquí es necesario un paréntesis. Por supuesto que detesto a ciertos políticos, empresarios, líderes sindicales o religiosos. Pero seamos realistas: nos caigan bien o no, los odiemos o no, los Calderones, AMLOs, Elba Esthers, Beltrones, Ebrards, Azcarragas, Esparzas, etc., son nuestra “materia prima política”, son los que están (y aunque no estuvieran ellos llegarían rápidamente otros con características similares), y son los que pueden, en dado caso, tomar decisiones que impacten positiva o negativamente al país. No podemos inventarnos demócratas de la nada, ni clonar a Lech Walesas o Mandelas y traerlos a trabajar en nuestras instituciones. Esto es lo que tenemos y algo habría que hacer con ellos.

Y bueno, el pensamiento concluía así: para colmo, este año todos los políticos, sin distingo de partido o ideología, se llenarán la boca con discursos grandilocuentes diciendo hasta el cansancio que “México es un país que sabe salir adelante cuando se une”; “somos más fuertes que nuestros problemas”, “el pueblo mexicano sabe luchar por lo que quiere”; “nuestras similitudes son más grandes que nuestras diferencias” y más bla, bla, bla, bla, bla bicentenario y revolucionario.

Pues sí, hasta aquí no hay nada nuevo bajo el sol. Pero mi mente siguió pensando y vinieron como de golpe una serie de preguntas, las más importantes:

¿Cómo aprovechar, entonces, este momentum político, y forzar un acuerdo, un pacto nacional entre actores políticos, poderes fácticos y ciudadanos en donde se acepte que seguir administrando inercias no nos llevará a ningún lado?; ¿cómo lograr definir una agenda compartida cuyo propósito último sea salir de este punto muerto en el que se encuentra buena parte de la vida pública mexicana?; ¿cómo pedir que se identifiquen ya no sólo problemas, ni diagnósticos, sino soluciones posibles a mediano y largo plazo? y –lo más importante- ¿cómo lograr que se trabaje sobre ellas sin importar si en el 2012 gana Ebrard, Peña Nieto, AMLO, Creel, o quienquiera que sea? Mi respuesta llegó de botepronto.

2. El plan. Primera parte.

El planteamiento hasta aquí expuesto, sobra decirlo, es poco original, bastante ingenuo, y sin mecanismos operativos específicos. Es como decir: “cambiemos el mundo, logremos la paz mundial”. Ajá, ¿cómo? Movido por ánimos y energías muy variadas [desde el afán social de “hay que hacer algo”, la consideración histórica de “no hay que dejar pasar este momento”, hasta la torpe necesidad de no extrañarte] comencé a reunirme con varias personas, a las que les iba exponiendo el boceto o el borrador de la estrategia que se me había ocurrido. El “plan de acción” tenía básicamente los siguientes elementos:

a) Hacer una lista plural -en cuestión ideológica y partidista- de reconocidos funcionarios y especialistas en temas de educación y salud pública, economía y combate a la pobreza.
b) Solicitar a los especialistas que respondieran unas breves preguntas (que aparecen más abajo).
c) Identificar los puntos en común que pudieran existir
d) Convencer a un buen número de periodistas, académicos, investigadores, columnistas, blogueros y tuiteros de todos los estados de la república a participar en un “movimiento coordinado”.
e) Fijar un día X para el “alzamiento”, que consistía básicamente en difundir por distintas vías y métodos una exigencia: “no hay nada que celebrar, pónganse a trabajar por el país”; y al mismo tiempo lanzar una idea simbólica: “miren, todas estas personas acuerdan en estos puntos, saquen la voluntad política y actúen”.

[Sí, el "plan" tenía su vena conspirativa y revolucionaria, pero sin muertos ni balazos.]

3. Las entrevistas.

Como ya dije, durante un mes me reuní y platiqué con algunas decenas de personas sobre estas ideas. Mi esperanza era encontrar a aquellos que quisieran aportar, sumarse y aterrizar la parte estratégica de todo esto, pues es lo que menos claro tenía. Es difícil mencionar todas las pláticas, pero fueron de muchísima utilidad. Por supuesto, todos tenían prácticamente las mismas dudas y salvedades “está cabrón, nadie te va a pelar, ¿cómo le vamos a hacer?”, pero al final, casi siempre, escuchaba esta frase: “a pesar de que suena muy difícil, es peor no hacer nada, cuenta conmigo”.


De todas las entrevistas, la más extraña, sin duda, fue la que tuve con Miguel Carbonell, ahí en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Los primeros minutos fueron sumamente amables, hasta que mencioné que, según yo, mucho del inmovilismo que vivía México en cuestión política, económica y social, tenía que ver con una falta de voluntad política de los actores que podían tomar las decisiones importantes. Ahí me atajó y me dijo que no era una cuestión de voluntarismo, sino de cambiar el régimen, que no me fuera por las ramas y que le entrara al toro por los cuernos y remató: “tú lo que tienes que hacer es proponer una reforma del Estado (!)”. “Pero ya hay muchas propuestas, varias bastante buenas”, le dije. “Qué más da si hago otra, el chiste es aprovechar estos tiempos, la inercia del 2010”, seguí. Y entonces me lanzó una letanía de que “tú lo primero que debes hacer en enclaustrarte dos meses con todos los libros sobre reforma del Estado que puedas conseguir y entonces plantear tu alternativa, entrar así al debate, así hice yo y así DEBES hacerlo tú”. Discutimos cinco minutos más sobre los puntos encontrados y, de pronto, entendí que la plática se había terminado. Me despidió un poco seco pero con la sonrisa magnánima de quien se sabe superior. Sobre esto opino lo siguiente: hablar con Carbonell fue todo un reto, una experiencia aleccionadora. Sobre todo, me hizo ver más clara la diferencia entre los abogados y los politólogos. Los primeros creen que con buenas leyes se puede resolver prácticamente todo. Los segundos, algunos, tendemos a creer que primero es necesario un acto de voluntad –una negociación política- que permita 1) la creación de dichas leyes y 2) su pleno y correcto funcionamiento, de lo contrario de nada sirven.


La segunda plática que mencionaré fue virtual y fue con Chilangelina. Debo confesar que nunca había “hablado” con ella anteriormente, ni siquiera cuando estuvimos en aquella fiesta extraña [¡en su honor!] que se llevó a cabo en un roof garden de la Narvarte. Pues sí, ustedes la conocen, la buena Chila es implacable, sus preguntas pueden ser ácidas pero sus observaciones son siempre atinadas. Hablar con ella y responder sus cuestionamientos me ayudaron a darme cuenta de muchos aspectos que simplemente había olvidado. Por ejemplo: la importancia de los tiempos políticos. No es lo mismo hacer un escándalo en marzo que en agosto, cuando el Congreso está en receso y las notas políticas son más escasas. Pero lo más importante fue esto: “Jordy, estamos hasta la madre de enunciación, los políticos escuchan un reclamo y no hacen nada, ¿por qué? porque no tienen que rendir cuentas a nadie. Una iniciativa así sólo tendrá éxito si contempla forma y fondo, corto y largo plazo. La RESPUESTA está en la gente, es necesario que sepamos que nosotros podemos –exigiendo cuentas claras, supervisando el trabajo de los políticos, votando a conciencia- cambiar las cosas.”

Esa frase, creo, es la que hasta el día de hoy me sigue atormentando. Si bien todos, o casi todos, podemos compartir su significado, responder a la pregunta ¿y cómo hacerlo? es sumamente complicado. Hace unas semanas platicaba algo similar con Kyuutz por Twitter: ¿cómo ampliar los canales de debate?, ¿cómo politizar a los que nunca les ha interesado la política?, ¿cómo mostrarles el “poder” que tenemos como ciudadanos? Hasta el día de hoy sigo sin tener una respuesta clara. Para el plan, yo quería que hubiera obras de teatro callejeras, cortos cinematográficos, performances en las plazas públicas, etc., explotando estas ideas e intentando responder estas preguntas, pero ya veremos qué obstáculos hubo. Sé que existen esfuerzos varios de personas como Maite Azuela, Alberto Serdán, y otros amigos activistas cuya intención es “empoderar”, “activar” a los ciudadanos, pero el proceso siempre es nebuloso. Peor aun cuando nos detenemos un momento y pensamos “¿realmente estamos dispuestos en andar correteando a nuestros políticos? Ante la vastedad de problemas que hay en México, se me hace entendible que el ciudadano común pierda el aliento y prefiera quedarse impávido. La inacción es más costosa a largo plazo, pero menos estresante.

4. El equipo.

En fin, luego de decenas de charlas virtuales y en persona (muchos de ustedes las recordarán), me di cuenta que necesitaba tener perspectivas diferentes sobre los temas que quería abordar y decidí armar un pequeño grupo de trabajo. Sí, lo sé, la selección fue sumamente arbitraria, pero tomando en consideración cuestiones tan evidentes como 1) disponibilidad para asistir a una junta una vez a la semana, 2) entusiasmo mostrado, 3) formación académica y profesional, el pretendido grupo quedó integrado por nueve personas. Entre nosotros había antropólogos sociales, pedagogos, politólogos, periodistas, funcionarios del gobierno federal y local, gente de izquierda, derecha y centro.


[Nunca hubo una foto de los diez reunidos, a veces faltaban, a veces se colaban]

5. El plan. Segunda parte.

Durante poco más de tres meses nos reunimos unas nueve veces, con la idea de hacer operativo el boceto del “plan”.

Lo primero que hicimos fue definir cuatro áreas de interés nacional en donde, pensábamos, debían de concentrarse los esfuerzos de las distintas fuerzas políticas, económicas y sociales del país: a) salud pública, b) educación, c) combate a la pobreza, d) crecimiento económico.

De igual manera, definimos cuatro sectores o grupos que desempeñarían un papel importante llegado el día X: 1) Grupo plural de especialistas en los temas arriba señalados. 2) Círculo rojo, conformado por 30 analistas, columnistas, periodistas de alcance nacional, más 62 periodistas, analistas o columnistas locales, 2 por cada estado de la república. 3) Círculo verde: grupos de la sociedad civil, talleres de arquitectura, colectivos de teatro, blogueros, tuiteros, ciudadanos de a pie. 4) Periodistas internacionales.

A grandes rasgos nuestra idea era la siguiente:

Hacer una lista de especialistas (que quedó bastante chingona) y plantearles que respondieran las siguientes preguntas:

“Si usted tuviera un poder de decisión amplio en [área específica], nos gustaría que respondiera las siguientes preguntas desde una perspectiva objetiva, realista y viable, tomando en cuenta los alcances y límites actuales de la vida política y económica del país:

¿Cuáles son, a su entender, los principales problemas y debilidades del [área específica] en México?

¿Qué acciones posibles se deberían de tomar, o qué haría falta recuperar, mantener o fortalecer para atender esta área en el mediano (2012) y largo plazo (2020)?

¿Qué actores en específico, desempeñando qué rol, y con qué recursos tendrían que intervenir para llevar a cabo las acciones propuestas en dicha área?”

Es importante mencionar que la tercera pregunta era la fundamental. Queríamos que se planteara de manera directa qué personajes, grupos, actores tenían que intervenir y haciendo qué específicamente para mejorar dicha área. Todos conocemos planteamientos y propuestas que pretenden mejorar, por decir algo, la educación en México, pero por lo general se habla al aire, en abstracto, sin decir de frente quiénes son parte del problema y cómo pueden ser parte de la solución.

En fin, una vez con las respuestas de los especialistas, nosotros generaríamos una especie de documento que sería distribuido al “Círculo rojo”, quienes ya sabrían de antemano de qué se trataba todo este plan. Además, prepararíamos distintas acciones colectivas con el “Círculo verde”, con la idea de que a partir del día X [que iba a ser en agosto, preferentemente el 23], hubiera en todo el país tanto columnistas, periodistas de radio, y demás analistas políticos como grupos de teatro, blogueros, tuiteros, etc., haciendo énfasis en que es necesario –y posible- lograr un pacto nacional en las áreas definidas y que ahora es el momento para intentarlo [justo después de las elecciones de julio y antes de que se nos venga encima el proceso electoral del 2012].Por último, algunos amigos periodistas desde el extranjero también intentarían generar algún tipo de atención mediática sobre este "movimiento coordinado". Esto se haría no sólo a través de columnas de periódico o programas de radio, sino también mostrando imágenes de carteles y mantas que, supuestamente, iban a ser colocados en sitios estratégicos de estos otros países. La realidad nos abrió los ojos muy rápido.

6. Los obstáculos.

Como ya todo mundo podrá imaginarse, las cosas no salieron como esperábamos. Primero fue Luis Urquieta, estudiante de derecho y mi mejor amigo, el que ya no pudo acompañarnos a las reuniones. Luego otros dos más cayeron a la mitad del camino. El grupo avanzaba pero sin una ruta clara: nos entrevistamos con Andrés Lajous y nos dimos cuenta que más allá del famoso día X, no teníamos claro el mecanismo para hacer que las propuestas o planteamientos de los especialistas se volvieran acuerdos, pactos escritos, leyes y demás. ¿Qué haríamos? ¿Foros de discusión? ¿Mesas redondas? ¿Un nuevo "Pacto de Chapultepec como el que convocó Slim hace unos años y terminó siendo nada?

Evidentemente, ese fue uno de nuestros mayores problemas, el nunca definir ese "mecanismo". Llegó el momento en que tuvimos que decidir que llegaríamos al día X y dejaríamos que las cosas tomaran el rumbo que pudieran: que nosotros no teníamos ahora mismo los elementos como para delimitar con claridad el proceso formal que se tenía que seguir. Error garrafal. Al no tener esto claro, nosotros mismos nos empezamos a dar cuenta de lo tremendamente complicado que es intentar encauzar, motivar, coordinar fuerzas para una meta un poco intangible. Sí, sí, todo mundo quiere que el país vaya mejor, pero otra vez... ¿cómo?

El segundo problema: la real o supuesta falta de tiempo. Una vez definida nuestra lista y nuestras preguntas, el próximo paso era ir directamente a hacer una especie de entrevista a cada uno de nuestros especialistas seleccionados. Y he ahí que nunca se logró armar un grupo para ir y hacerlo de manera ordenada y metódica. Comenzamos a aplazar, aplazar hasta que el impulso se nos fue a todos.

El tercer gran escollo: nuestras "áreas temáticas" eran demasiado grandes. El tema de salud pública, por ejemplo, podía tratarse desde una infinidad de perspectivas. ¿Salud reproductiva? ¿Jóvenes y adicciones? ¿Obesidad en los niños? ¿Seguridad social universal? Si bien al final decidimos limitarnos sólo a la cuestión de la seguridad social, el tema se nos comenzó a resbalar. Si bien todos teníamos algún tipo de conocimiento de las problemáticas más evidentes, la falta de datos claros y concisos nos llevó a perder tiempo valioso.

Otro problemilla, que aunque parece menor no lo es: las luchas de egos entre "especialistas". Cuando en alguna ocasión me tocó entrevistarme con un "señor académico" y me preguntaba entusiasmado que en quiénes más había pensado para este plan, mis respuestas lo hicieron cambiar de opinión. "Pero cómo puedes pedirle a fulanito de tal que participe, si no tiene los méritos suficientes... y qué me dices de menganito... si es un derechoso insufrible". El cambiar a nuestros políticos a que dejen sus grillas también implica pasar por todos nuestros demás sectores de la vida nacional. Qué absurdo y pesado puede parecer, pero es real.

Finalmente, creo que la falta de recursos tales como "tiempo", "equipo", "dinero", "red de contactos", también nos acabó por desmoralizar. Era una empresa tan grande, extraña y compleja que todos nos fuimos dando cuenta de lo difícil que sería lograr que personas de la talla de Juan Ramón de la Fuente, Santiago Levy, René Drucker, Ricardo Raphael, etc., quisieran comprometerse a participar en algo tan nebuloso.

A principios de abril el grupo terminó por desintegrarse y el plan perdió todo cauce. Por unas semanas jugué con la idea de sacarlo adelante en solitario, volver a formar otro grupo, lo que fuera, pero sentía que también necesitaba un tiempo de reflexión. Mis principales apoyos morales se habían alejado un tanto de mí y no me sentía con las fuerzas necesarias para enfrentarme a esto solo. Como buen ser humano, cobarde y pusilánime, dejé que el "movimiento coordinado" quedara como un bonito experimento de tres meses y poco más. La idea de hacer esto a gran escala, en algún momento posterior, se mantiente en mi cabeza, pero ya sin lo idílico y lo romántico de "hagamos la revolución de las conciencias". Todo a su tiempo, dicen. ¿Cuándo será el nuestro, pues?

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Si me permiten, me gustaría hacer una lista con las personas que pude hablar de todo esto. Pero mejor pregunto, no vaya a ser la de malas. Por DM o por Facebook mándenme un mensaje si prefieren no aparecer en la lista que pondré mañana.