miércoles, 26 de mayo de 2010

Reacción

Arauco tiene una pena, dice Violeta Parra, y mientras repito el título de esa vieja canción de lucha no dejo de pensar que bien podría decir que yo también tengo una pena, una pena profunda que me lastima y que me duele como hace tiempo nada me dolía, pero luego recapacito y ya no digo nada, pues es claro que mis dolores y sobresaltos no parten de injusticias sociales o desencantos económicos, sino que provienen de lo más mezquino del alma humana: el despecho. Arauco tiene una pena, la frase se traba en mi mente como una tuerca que no permite el libre avance de las cosas; Arauco, Arauco tiene una pena y yo también. Las canciones nunca han sido mi fuerte, menos si son de protesta, pero ha sido gracias a ellas que he podido mantenerme cuerdo este último mes. Lo he pensado y sopesado una y otra vez, el despecho, mi despecho, este que siento y cargo aún en contra de mi voluntad tiene la capacidad de transformarse en una fuerza motora imparable, una razón para no cejar ni un ápice en mis proyectos, aunque también puede ser la excusa ideal para desentenderme del mundo y apostar a la única certeza que mal que bien todos conocemos: la muerte. Como se ve, la distancia que hay entre un orgullo herido, la desidia y la locura tampoco es tan amplia. Por eso debo hablar. Hablarte. Llego a tu casa, toco el timbre y sales. Llevas ropa nueva, unas botas negras y una blusa morada que no conozco pero que hacen contraste perfecto con tus ojos verdes, ésos que hacía más de un mes que no miraba. En breves segundos se define el clima de la situación: las convenciones de enamorados, ésas que siempre dábamos por hecho, ahora se resquebrajan. Frente a la incertidumbre del saludo, las manos que no se tocan, los labios que no se besan, la cintura que no se abraza, no hacemos otra cosa sino alzar un brazo a manera de hola. Silencio. Con un rostro que quiere ser amable y una voz modulada y serena me cuentas que justo estás por salir con tus amigos, que te encantaría hacerme pasar y platicar tranquilamente de todo esto que ha pasado, pero que es imposible ahora. Haces un gesto como animándome a decir algo, aunque la verdad no logro interpretarlo del todo. Te miro, por primera vez, directamente a los ojos y en mi mente sólo resuena el estribillo de la canción de Parra, esa chilena que todo lo compuso y que nadie comprendió. Arauco tiene una pena / que no la puedo callar. Suspiro y muevo la cabeza bruscamente a los lados, como negándome a creer que eso, una invitación trunca, es lo único que queda de aquella vieja historia, la de la extranjera, la del acento extraño, la del amor inconmensurable. Delante de mí está una persona que no es ella, la de mis recuerdos, y sin embargo eres más tú que nunca. Noto que la gente que camina por la calle va más lento que de costumbre, como si todos anticiparan que algo está por suceder ante sus ojos y tuvieran un deseo repentino de quedarse ahí de pie. Venga, será su día de suerte. De la mochila que siempre llevo saco unas hojas enrolladas, un sombrero que termina en punta y una pequeña corneta de juguete. Con manos temblorosas me pongo el sombrero, desenrollo las hojas (que intentan parecer un edicto medieval), y toco el instrumento musical que traigo conmigo. Te veo de reojo y entiendo que hay curiosidad en tu rostro. Quizá es morbo. Cómo no serlo si tienes ante ti la más absurda caricatura de un pregonero real en plena vía pública. Mis labios tiemblan y la voz no sale. Y cuando la sensación de ridículo está a punto de vencerme, comienzo: "Los pueblos y las gentes que en ellos viven tienen la innata capacidad de reconstruir lo que no ha sido exitoso. Punto. En ocasiones más vale demoler desde los cimientos, aunque en otras es posible mantener una estructura mínima y avanzar con nuevos trazos. Punto. Hace un año, en el día de San Alberto de Lovaina, noviembre 24, una extranjera llegó al reino, llenando de alegría las fiestas y bailes de la corte. Punto. Con ella muchos proyectos fueron concebidos aunque pocos terminados. Punto. Es de la más alta importancia reconocer, aquí y ahora, que las máquinas voladoras que traía consigo sufrieron desperfectos varios. Punto. No obstante, los deseos de volar permanecen. Punto final."

Reconoces la historia. Los ojos se cierran un momento con ganas de recordar ese primer encuentro. Se abren. Arauco tiene una pena / yo tengo una también. El despecho llegó a esta tierra / el orgullo vino con él. / Nadie le ha puesto remedio / pudiéndolo remediar.

Dudas un segundo y luego resuelves. Tomas tu teléfono celular, mandas un mensaje a un destinatario que no conozco, carraspeas un poco y sonriendo dices: "Entra".

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El silencio ha matado más hombres que el fusil.

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No fue sólo el trasfondo, sino el descuido en las formas lo que motivó el malparido enojo.